lunes, 28 de julio de 2014

Soy Loser (versión digital)


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                                                        Soy Loser 1 (pincha aquí para descargar)


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viernes, 14 de febrero de 2014

¿Día de los enamorados? (una reflexión hecha hace un año atrás)

He llegado a marzo, he sobrevivido a las vacaciones con sus estúpidos hits del verano (espero que el próximo meteorito caiga sobre la cabeza de Psy y su Gangnam Style), los que van un fin de semana a Las Albahacas o Alpa Corral y dicen que se fueron de vacaciones como si se hubieran instalado los dos meses. Sobreviví a la Navidad y el Año Nuevo, con su clásica “Maratón de Los Dos Años” que siempre gana un keniano o alguien de algún país desconocido. Sobreviví a la vuelta de mi viaje vacacional que vino acompañado de vómitos y diarrea durante todo el regreso. Pero hay una cosa a la que no pude sobrevivir en este verano: al 14 de febrero.
Si hay algo que caracteriza mi vida es la ironía, y no hay cosa más irónica que te corten un 14 de febrero. Leíste bien, querido lector, mi ex novia me dejó en el Día de los Enamorados. Porque lo más trágico y terrible del verano son sus amores de verano, con toda esa cursilería y música de Arjona (que revuelve cualquier estómago con capacidad de leer una oración sin trabarse).
Así que lo que gasté en estas vacaciones en entregar el último respiro a mi amada, fue desechado con un “Perdoname, estoy confundida, no sé lo que quiero”. El chamuyo más viejo de la historia. En las cuestiones del amor uno no está confundido, estás confundido cuando te preguntan si la sede del FMI esta en Washington o en New York, o si querés uno chiquito o en jarrito. ¿Cómo hacés para estar confundido? La querés o no la querés. Punto. Pero esa es la mejor frase para comenzar el abandono total de la otra persona. Siempre que se rompe una relación empieza con esa diabólica frase del “No sé qué quiero”. Así empiezan el 90 por ciento de las rupturas.
Y no sólo pasa en los niveles del amor. Así le dijo John a Paul, y no le importó dejar a George y Ringo huérfanos. Así le dijo Charly a Nito. Así le dijo Benedicto a sus cardenales. Bueno, creo que estoy exagerando, no creo que Charly se lo haya dicho así a Nito.
  Fue entonces que en ese 14 de febrero me encerré en mi habitación y después de ponerme en posición fetal en un rincón, comencé a reflexionar sobre el día de San Valentín lo cual hizo que viniera a mi mente una lista de cosas:
1-             En el Día de los Enamorados aparecen los clásicos resentidos escribiendo por Facebook que quieren celebrar el Día del Soltero. Y que esas fechas son una mierda (apoyo a todos esos resentidos con mi corazón, nunca me sentí tan identificado).
2-             Es el día en el que no podés visitar a todos tus amigos con novia, sino ellos no podrán recibir el yumi yumi que corresponde por la fecha.
3-             Pobre el loco que justo ese día tiene a la novia indispuesta y de muuuy mal humor (no puede hacer acto de desaparición, ya que significaría las diez plagas de Egipto)
4-             Frases de Arjona por todos lados (otra ironía que en el día del amor es cuando más odio tengo)
5-             La canción Contigo de Sabina siendo pasada en todas las radios, incluso en las de Heavy Metal.
6-             Los chistes estúpidos de “Zamba Lentin”, o en la del hobbit Sam que va lento (Sam Va lentin… ¿entendieron? Yo no).
7-             Los informes estúpidos de los noticieros sobre el Día de los Enamorados. Tengo la fuerte teoría de que son secadores de mentes, son una cortina de humo para tapar alguna conspiración mundial. ¿Sabías que un 14 de febrero de 1967 Argentina firmó junto a otros países la declaración que prohibía el desarrollo de armas nucleares? Porque no hacen informes sobre eso. Pero entiendo, es más probable morir de amor que por una guerra nuclear.

Estaba sumido en la más profunda de las melancolías cuando sonó mi timbre (cosa rara ya que no tengo timbre). Fui a atender y se presentó a mi puerta un misterioso hombre de pelo largo y oscuro. Era el gran  místico del Alberdi. Último profeta del siglo XXV (no es un error de tipeo, es del siglo XXV, según él). Le pregunté a qué había venido y me dijo que yo lo estaba por llamar. Fue raro porque todavía no se me había ocurrido pero un rato después se me ocurrió llamarlo, pero él ya estaba acá.
Tenía ganas de hacerle muchas preguntas, por ejemplo, qué es el amor, para qué vivir en un mundo sin amor, o cuál es la receta de las Toddys. Pero sólo me limité a observarlo, mientras esperaba alguna revelación última.
 Entonces, el misterioso sabio corrió la mesa con sus sillas y dejó un espacio en medio de la sala donde dibujó un círculo con tizas. Después de escribir unos extraños jeroglíficos que parecían de idioma egipcio o la caligrafía de mi médico clínico, se sentó en el medio y comenzó a meditar. Le pregunté qué estaba haciendo y me dijo que estaba convocando a los seres del más allá. Ellos serán los dueños de las respuestas de tu doliente corazón, me dijo con los ojos entrecerrados mientras oraba con música de los Wachiturros de fondo.



 En ese instante tocaron nuevamente el timbre (¿ya dije que no tengo timbre?). Cuando atendí la puerta me encontré con un enano con cara de degenerado, semidesnudo, usaba pañales, llevaba un arco y unas flechas, unas alas rosadas y una sombra de barba de días. “Me llamo Eros”, me dijo el enano mientras fumaba un habano marca pichicho. Mis ojos eran el dos de oro. Lo único que pude decir fue: “¿Eros? ¿O sea cupido? El semidios?”. “No, soy uno de los movileros de Rial”, me dijo burlonamente. No había duda de que era la personificación del Amor, sólo el Amor se te burla de esa manera. Aproveché la situación para hacer mis reclamos, pero él me detuvo diciendo que no me molestara.
El día de los enamorados es un gran pozo burocrático peor que hacer un reclamo a una compañía de celulares. Eros, cupido, el enano, como se llame, se sentó arriba de mi televisor y me explicó lo complicado del tema.
-Lo que pasa, pibe, es que en esto del amor hay muchos involucrados. Primero lo tenés a San Antonio que le anda consiguiendo novios a las señoritas, después esta San Valentín que ha usurpado el día, y después estoy yo que cargo con todo el laburo. ¿entendés?
-Sí, todo bien, señor Cupido…
-Eros, prefiero que me llames Eros, Cupido suena estúpido…
-Ok, señor Eros, mi queja es simple: mi novia me dejo justo hoy, pleno Día de los Enamorados.
-Ya te expliqué, pibe, encima de la parte de reclamos se encarga Valentín ¿viste los chistes en Facebook sobre zamba lentin y todas esas pavadas? Bueh, no están tan alejados de la realidad, Valentín es medio lerdo.
-Pero yo quiero una solución ya.
En ese momento interfirió el profeta del Alberdi. “Ya sé cuál es el problema de esta situación”, dijo con énfasis el gran místico. Eso molestó a Cupido (perdón, Eros) que sintió que lo habían invocado al verdadero vicio. Pero el profeta tomó la palabra y proclamó: “El problema es que San Valentín nunca se casó, ni se le conoce novia. Peor la situación de Eros, el es un dios, y por lo tanto inmortal. Los inmortales no saben lo que es el amor porque sólo quien tiene la amenaza de la muerte entiende lo que es el amor. Por lo tanto, es irónico que él sea un dios del amor”.
Nos quedamos con Cupido mirando al profeta como si me explicaran la física cuántica. Tomé una botella y le partí la cabeza al profeta. Una vez desmayado, lo subimos al baúl del auto de Eros y lo empujamos por un acantilado. Porque a nadie le gusta que le expliquen sobre el amor, ya que una vez que lo entendés deja de ser amor.   



viernes, 19 de julio de 2013

Día del Amigo (una reflexión que derivará en cualquier cosa)

“¿Qué es la amistad?” es la pregunta que me despertó esta mañana. Me levanto y me lavo la cara, me miro frente al espejo, y mientras escucho el disco Parte de la Religión de Charly, me vuelvo a preguntar: ¿qué es la amistad? Así que salgo de mi casa y empiezo a recorrer el barrio buscando a alguien que me pueda contestar. Entro a la verdulería y le pregunto a Omar, mi verdulero vecino, y éste me contesta que la amistad es como los racimos de uva que cuando una de estas se separa del resto es para ser devorada. Me deja pensativo, y a los dos segundos me dice que le compre algo o que vaya a molestar a otro lado. Bueno, sé que el verdulero no es mi amigo. Sigo avanzando hacia la plaza Racedo. E intento hacer una lista de síntomas de la amistad.

1-      Un amigo comparte intereses comunes (partidarios, deportistas, religiosos); objeción, mi mejor amigo es ateo y yo creyente, otro de mis mejores amigos es de Boca y yo de River. Así que tal vez no sean intereses comunes.

2-      Otro dato para saber quién es tu amigo: La lealtad. Interesante, eso quiere decir que Perón tenía más de un millón de amigos (mientras pienso esto un loco sale detrás de la fuente de agua gritando “¡Viva Perón, carajo!”) pero me ha pasado de tener amigos que me han fallado, y que no han sido del todo “leales”. Pero no por eso han dejado de ser mis amigos.
3-      Un amigo es alguien con quien te la pasas todo el día, compartiendo tiempo. No lo niego, pero hay amigos que por la distancia, trabajo y otras circunstancias (léase me casé y mi mujer es absorbente) no los puedo ver, incluso pasan años, pero los siento tan amigos como si los viera todos los días.

4-      Obviamente los amigos no son los contactos de Facebook. Ni una cuarta parte de los que te saludan por el día del amigo (por cierto, feliz día del amigo a todos)

Frente a esas objeciones, quedé desconcertado. Sin saber a dónde disparar. ¿Será que no tengo amigos? Tal vez deba trabar amistad con el loco de la plaza que vocifera el regreso de Perón. Pero decidí hacer algo mejor: ir al misteriosos y mítico barrio Alberdi a ver a su profeta. Un hombre del que se dice que tiene millones de amigos que a su vez son sus enemigos. Aunque yo sospecho que todos son enemigos pero él dice que son sus amigos que lo tratan como enemigo porque sus enemigos, temerosos de sus poderes, lo tratan de amigo ¿yo seré amigo o enemigo para él?

Cruzo por el Andino pero por una parte que no cruza todo el mundo, sino por un pasaje que cruzan unos pocos que quieren descubrir el verdadero Alberdi (es como el armario de Narnia) y llego a las tierras del profeta. Cruzo la plazita Alberdi y dando algunas vueltas en zigzag por las esquinas del barrio, llego a la puerta del místico y adivinador. Antes de tocar la puerta me abre (como siempre lo hace). Me recibe mientras fuma un cigarro de apio. Antes de hacerle la pregunta, me empieza a contestar. Antes de hacer mis objeciones, me las retruca. “Así que estás haciendo una lista para saber que es la amistad” me pregunta con ojos centelleantes (siempre quise escribir la palabra centelleantes[1], aunque no sé lo que significa). Me dice que me he equivocado en hacer esta lista. Que la amistad no son características, ni circunstancias. Sino que son personas. Y que si tengo que hacer una lista, que sean de personas. Me deja reflexionando y le pregunto si tiene una lista. Él me dice que sí, la de sus enemigos. Le pregunto en cuál estoy y él me dice que no importa. Porque lo que se ama se odia y lo que se odia se ama. Lo importante es despertar ese sentimiento. Porque la vida es tener un lugar en el pensamiento de los demás, y ahí está la clave de la eternidad.
 No sé si tengo amigos o enemigos, pero si estoy en la cabeza de ellos, soy eterno.





[1] Después busqué en el diccionario mataburros y encontré que la palabra Centelleante significa algo que dispara luz o fuego ¿habré aplicado bien la palabra?
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